EL VIAJE DE UNA MUJER HACIA LA RESTAURACIÓN - Kris Vallotton

octubre 11, 2015

Fui al instituto en la década de los 70, en medio de lo que se conoció como la Revolución Sexual. El lema de aquellos tiempos era, “Si no puedes estar con la persona que amas, ama aquella con la que estás”[1]. Por supuesto, esta canción no tenía nada que ver con el amor. En realidad quería decir, “Ten sexo con quien puedas; no seas leal a nadie”. Había un par de miles de jóvenes en nuestra escuela secundaria, pero creo que podría haber contado el número de personas vírgenes con los dedos de las dos manos.

 

Jill Jones (ese no era su verdadero nombre) era la muchacha más popular de la escuela. Era preciosa, con pelo largo y rubio, ojos azules y un cuerpo de fábula. Siempre era la mujer mejor vestida del campus. Nuestra escuela era étnicamente diversa y el prejuicio estaba a la orden del día, pero el favor de Jill de cierta forma transcendía toda tensión racial. Todos la respetaban y a todos gustaba. Pero la cosa más sorprendente sobre Jill era que era virgen y ¡todo el mundo lo sabía! Se comportaba como si perteneciera a la nobleza, como una princesa, como alguien especial. La amaba como a una hermana y la admiraba.

 

Entonces, un día, estaba en los vestuarios cambiándome después de la clase de educación física y escuché cómo hablaban dos muchachos. Uno dijo, “Anoche me llevé a Jill Jones a una fiesta. La emborraché y me acosté con ella”, (como te puedes imaginar, fue bastante más gráfico que eso).

 

El otro tipo dijo, “Madre mía, ¡eso sí que es hacer un pleno!”

 

Yo estaba sorprendido. No sabía qué pensar ni decir. Fui corriendo a casa, me tiré sobre la cama y lloré durante horas. No estaba seguro de por qué estaba llorando, pero mi corazón se había roto y mi dolor me dejó sin palabras. En retrospectiva, entiendo que Jill era nuestra esperanza. Era el faro en medio de una terrible tormenta, un monumento a lo imposible. Era la que todos pensaban que acabaría sucumbiendo en la batalla por la justicia y, en secreto, muchos de nosotros, que seguíamos siendo vírgenes o que queríamos que nuestra pureza fuese restaurada, estábamos apostando porque ganase.

 

Pero las cosas empeoraron. En un par de meses, Jill empezó a vestirse como una pordiosera. Su una vez vibrante semblante ahora estaba surcado por la tristeza y el dolor. Su confianza se desmanteló y fue remplazada por una cabeza que colgaba en vergüenza y que estaba cubierta por una melena descuidada y enmarañada. Al poco tiempo empezó a fumar y a salir con los drogadictos. Había perdido el respeto hacia sí misma y había dejado que su trofeo cayera. En vez de volverlo a levantar, lo pisó y lo destrozó en pequeños trozos.

 

Vi a Jill en la reunión del 30 aniversario de nuestra promoción. Ya estaba en su tercer matrimonio y había sido arrastrada a través del cieno de la vida, aplastada por hombres rudos, por tramposos sin virtud. Pero, a Dios gracias, me enteré de que su historia no terminó allí. Más adelante en la vida, Jill encontró al Señor. Él le dio la fuerza y la fortaleza que necesitaba para surgir del cieno de una existencia miserable. Él le quitó el polvo de encima, recuperó su pureza y restauró su trofeo. Ahora era mayor, su belleza atemperada por el paso del tiempo. Nunca olvidaré a Jill. Para mí, ella es más que un buen recuerdo. Es una lección en la vida, una parábola de riquezas a harapos y de harapos a riquezas. Para siempre permanecerá como un monumento en mi recuerdo, un monumento a la destrucción creada por la lascivia y la vergüenza pero, lo que es mejor, como un testimonio al poder mayor del verdadero amor y gracia.

 

 

[1] Crosby, Stills, Nash, and Young, “Love the One You’re With” (letra y música por Stephen 4 Way Street (en vivo) Stills); (Atlantic/wea Records, 1971, 1992)

Topics: MoralidadSin categorizar


¡

comments